D. Justo le dijo que era insomnio y le recetó valeriana y unas pastillitas de color rojo. Pero el médico se equivocaba, bien sabía ella que lo suyo le venía de oficio. Hasta donde le alcanzaba la memoria siempre había contado. Palmira era contadora.

Contaba estrellas por la noche, cuidando que no se le escapara ninguna. Contaba rayos de luna y fugaces cometas. Contaba planetas descubiertos y por descubrir. Contaba luciérnagas y farolas. Cuando amanecía, contaba cuentos inverosímiles sobre noches en blanco, en las que contaba las constelaciones, rescatándolas así del olvido.

El día más soleado del año, los vecinos del pueblo, dijeron que era la cuentista de los cuentos más maravillosos jamás contados.

“¡¡Pobre Palmira!! !!Murió de insomnio!!”

se lamentaban.